El cacique Juan Calfucurá, se postula a prócer de nuevos billetes

La historia la escriben los que ganan y eso también les da derecho a ser próceres y figurar en los billetes de la moneda de curso legal.Toda referencia histórica, ya sea hechos, imágenes o lugares son hitos donde se construye el inconsciente colectivo que intenta integrarnos como nación. Es por eso que si la conquista española hubiera perdida “la batalla”, seriamos descendientes directos de la misma mezcla (aborigen e indoeuropeo), pero los caciques de las tribus que habitaban nuestra tierra, desde Calfulcurá hasta Catriel, tendrían su derecho ganado a figurar en los billetes de 50 ,100,200,500,1000 y 2000 pesos

El cacique Calfucurá, líder de la Confederación Mapuche-Tehuelche, falleció el 3 de junio de 1873 y fue enterrado en Chilhué, al este de la actual provincia de La Pampa. Su tumba fue profanada y su cráneo robado por el teniente coronel Nicolas Levalle y entregado al fundador del Museo de La Plata.

Ariel Calfucurá tiene 41 años, es descendiente directo de la dinastía. Estudió museología, lo que le da herramientas para reclamar, desde lo intelectual y judicial hasta el aspecto moral que su descendencia le otorga, los restos del importante cacique profanado.También quiere le restituyan una pintura de su bisabuelo, a quien “emborrachaban y lo hacían posar para hacer retratos que después vendían”.En relación al museo platense dijo que lo conoce perfectamente y lo comparó con “un campo de concentración nazi”, en referencia a que hay unos 5.000 restos humanos que se guardan en sus depósitos.

Juan Calfucurá fue el más poderoso y temido cacique araucano de las pampas del sur y del oeste en tierras americanas, cuando las fronteras eran solo endebles pactos momentáneos entre tribus o ejércitos. Fue responsable de casi todos los malones que hostigaron la provincia de Buenos Aires a mediados del siglo XIX, en 1837.

Nació en Llailma, Chile y perteneció al grupo pehuenche (su nombre deriva de los términos indios callvu, que significa azul y curá, piedra). Emigró hacia el territorio Argentino para establecer la dinastía de la tribu de la Piedra.Dirigió una casi independiente república conocida como la Confederación de Salinas Grandes, cerca de Epecuén, Neuquén. Casi logra su sueño, pero del otro lado siempre hubo un espíritu sediento de consolidar el propio.

El 8 de septiembre de 1835, con un grupo de doscientos guerreros, aplastó sin contemplaciones a los caciques voroganos (de Voroa), que habían llegado a un entendimiento con el gobierno de Buenos Aires y dominaban una parte de la pampa. Estos se encontraron con la fuerza y decisión de Calfulcura quien los desalojo fácilmente. Así se impuso en un vasto territorio y comenzó a pergeñar un visionario plan político y estratégico. La creación de una posible Nación Indígena. Sus métodos fueron el dominio por la fuerza o por persuasión de los caciques que gobernaban la infinidad de tribus, dispersas y de mucho menos poder, que habitaban los territorios que Calfulcura apetecía.

Logró establecer una especie de capital y un gobierno en Salinas Grandes, lugar de gran valor económico y estratégico porque significaba el control de la extracción y el comercio de la sal, elemento vital para el procesamiento de cueros y carne que de otra manera era imposible su traslado y almacenamiento por la degradación.
Aprendió como pudo el castellano y así pudo establecer correspondencia con los líderes de todas las facciones con las que combatió y pacto.

Creó su propio sello que usaba en su correspondencia y documentos oficiales. A través de maniobras diplomáticas astutas y combinadas con acciones militares de gran audacia y eficiencia, derrotó varias veces a las unidades del ejército, sacando una inteligente ventaja en sus alianzas pendulares, a veces a con unos, a veces a otros. Las luchas entre la capital y las provincias, entre federales y unitarios y entre diversas facciones políticas y militares, que caracterizaron la historia del país durante gran parte del siglo XIX, fueron el talón de Aquiles de un enemigo de mil caras.

Esta característica anarquía endógena de nuestro naciente país, actuó como un catalizador que le permitió de forma independiente maniobrar según sus intereses y fuerza, casi constantemente. Así como derrotó, fue derrotado. Tuvo una mano implacable a la hora de la venganza y el saqueo, producto de las conductas históricamente aceptadas como válidas en aquellos combates de la época por casi todos los bandos en pugna, fue su manera de imponer el miedo y constituirse en un enemigo a no sobrestimar

Al prestigio militar que le dieron ésta y otras acciones audaces como malones a pueblos argentinos y enfrentamientos victoriosos con tropas del ejército, se sumó su habilidad diplomática. Pronto surgió entre los mapuches, de ambos lados de la Cordillera, la leyenda que tenía poderes mágicos. Calfucurá era percibido como un dios, durante los malones cuando se veía en peligro pedía una lluvia o un viento que levantara las piedras. La naturaleza parecía estar de su lado, y los enemigos debían retirarse ante el deseo cumplido y las condiciones adversas para el combate.

Por un tiempo, Rosas compró la paz mediante un trato y un pago, pero en 1847, Calfucurá se volvió contra él y atacó Bahía Blanca y otras ciudades fronterizas.
Se unió a Urquiza en su lucha contra Rosas, luchando del lado de la Confederación Argentina que este presidia (llegó a tener una relación personal con el primero) durante el período en el cual Buenos Aires se separó del resto de las provincias. Calfucurá mantuvo a esta en un constante asedio incursionandola con sus malones.

Finalmente fue derrotado en la batalla final de Pichi Carhué, el 8 de marzo de 1872, por el general Rivas al frente de una fuerza de 655 soldados del Ejército y 1000 lanceros de las tribus de Catriel y Coliqueo.En este enfrentamiento solamente participaron los indios de ambos bandos. Calfucurá fue derrotado por última vez y su ejército sufrió alrededor de doscientos combatientes muertos

El terror indio de las pampas murió en el año siguiente, el 3 de junio de 1873, en su propio toldo en Chilihué, cerca de General Acha en La Pampa. En el apogeo de su poder, había llegado a comandar tres mil entrenados guerreros y había sido el jefe de veinte mil indios. Casi logra la idea de una nación indígena. Su hijo Manuel Namuncurá, ahijado de Urquiza, se convirtió en el nuevo y último líder indígena…pero el sueño ya se había esfumado para siempre.

Salinas Grandes. El 27 de junio de 1873 Manuel Namuncurá escribe al Coronel Francisco Borges sobre la muerte de su padre y amigo, Juan Calfucurá, ocurrida el 3 de junio:

«Respetado señor, despues del saludarlo paso adesirle qe oy le ago escribir derramando mis lagrimas, por la desgracia qe ey tenido qe qisas avra llegado a sus oydos, rrespetado señor, mis grrandes amistades de mi Padre ara largo pero oy doi saber qe mi pobre Padre es muerto, qe fallesio el dia 3 a las dies de la Noche de este el qe rige i qe antes de morir se acordo de sus buenos amigos qe tenia i se acordo de U.» (en Juan Calfucurá. Correspondencia 1854-1873)

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